Introducción a las cartas de C. Marx a L. Kugelmann

28 agosto 2007

main_lenin.jpg

Al editar en un folleto la recopilación completa de las cartas de Marx a Kugelmann, que aparecieron en el semanario socialdemócrata alemán Neue Zeit, nos proponemos dar a conocer más íntimamente al público ruso a Marx y el marxismo. En la correspondencia de Marx ocupan un lugar destacado, como era de esperar, los temas personales. Para un biógrafo, todo esto constituye un material muy valioso. Mas para el público en general y, particularmente, para la clase obrera de Rusia, son infinitamente más importantes aquellos pasajes de las cartas que contienen materiales de carácter teórico y político. En nuestro país, precisamente en la época revolucionaria en que vivimos, es muy instructivo profundizar en un material que testimonia cómo Marx se hacía eco inmediato de todos los problemas del movimiento obrero y de la política mundial. Tiene completa razón la redacción de Neue Zeit al afirmar que “nos eleva el conocimiento directo de aquellos hombres, cuyas ideas y voluntad se formaron en las circunstancias de grandes revoluciones”. En 1907, para los socialistas rusos, este conocimiento es doblemente necesario, ya que les proporciona multitud de las más valiosas enseñanzas acerca de las tareas inmediatas de los socialistas en todas y cada una de las revoluciones por las que atraviesa su país. Rusia pasa precisamente en nuestros días por una “gran revolución”. La política seguida por Marx en los años relativamente tempestuosos de la década del 60 debe servir, con muchísima frecuencia, de modelo directo para la política socialdemócrata en la actual revolución rusa.

Por lo tanto, nos permitiremos señalar, con la mayor brevedad, los pasajes de la correspondencia de Marx de especial importancia en el sentido teórico, y detenernos con más detalle en su política revolucionaria, como representante del proletariado.

[…]

Esto es lo que deberían aprender de Marx los intelectuales marxistas rusos, postrados por el escepticismo y atontados por la pedantería, propensos a los discursos de arrepentimiento y que se cansan rápidamente de la revolución y sueñan, como si fuese una fiesta, con el entierro de la revolución para sustituirla por la prosa constitucional. Deberían aprender del jefe y teórico de los proletarios a tener fe en la revolución, a saber llamar a la clase obrera a defender hasta el fin sus tareas revolucionarias inmediatas, a mantener firme el espíritu, sin llegar a los lloriqueos pusilánimes ante los reveses temporales de la revolución.

¡Los pedantes del marxismo piensan que todo esto es charlatanería ética, romanticismo, falta de realismo! ¡No, señores! Esto es saber unir la teoría revolucionaria con la política revolucionaria, unión sin la cual el marxismo se convierte en brentanismo, en struvismo, en sombartismo. La doctrina de Marx fundió en un todo indisoluble la teoría y la práctica de la lucha de clases. Y no es marxista quien deforma una teoría que constata serenamente la situación objetiva, para justificar la situación existente, llegando al deseo de adaptarse cuanto antes a cada declive temporal de la revolución, de abandonar lo más rápidamente posible las “ilusiones revolucionarias” y dedicarse a pequeñeces “reales”.

Marx era capaz de sentir la proximidad de la revolución y elevar al proletariado hasta la conciencia de sus tareas revolucionarias progresivas en la época más pacífica, que podría parecer, según expresión suya, “idílica” o “desconsoladoramente estancada” (según la redacción de Neue Zeit). En cambio, nuestros intelectuales rusos, que simplifican a Marx de modo filisteo, ¡ aconsejan al proletariado, en la época de mayor auge de la revolución, que realice una política pasiva, que se deje llevar sumiso “por la corriente”, que apoye tímidamente a los elementos más vacilantes del partido liberal en moda!

La apreciación que Marx hace de la Comuna de París corona sus cartas a Kugelmann. Y esta apreciación es particularmente instructiva si la comparamos con los métodos empleados por los socialdemócratas rusos del ala derecha. Plejánov, que después de diciembre de 1905 exclamó con pusilanimidad: “¡No se debía haber empuñado las armas!”, tenía la modestia de compararse con Marx, afirmando que también Marx frenaba la revolución en 1870.

Sí, también Marx la frenaba. Pero fíjense en el abismo que hay entre Plejánov y Marx en la comparación hecha por el primero.

En noviembre de 1905, un mes antes de que llegase a su punto culminante la primera ola revolucionaria rusa, Plejánov no sólo no advertía resueltamente al proletariado, sino que, por el contrario, afirmaba sin ambages que era necesario aprender a manejar las armas y armarse. Pero cuando un mes más tarde estalló la lucha, Plejánov, sin hacer el menor intento de análisis de su papel e importancia en la marcha general de los acontecimientos, de su enlace con las formas anteriores de lucha, se apresuró a pasar por un intelectual arrepentido gritando: “No se debía de haber empuñado las armas”.

En septiembre de 1870, medio año antes de la Comuna, Marx advirtió francamente a los obreros franceses, en su famoso llamamiento de la Internacional que la insurrección sería una locura. Puso al descubierto de antemano las ilusiones nacionalistas respecto a la posibilidad de un movimiento en el espíritu del de I792. Supo decir muchos meses antes, y no ya después de los acontecimientos : “No se debe empuñar las armas”.

Pero, ¿qué posición asumió Marx cuando esta obra desesperada, según su propia declaración de septiembre, empezó a tomar vida en marzo de 1871? ¿ Acaso Marx aprovechó esta ocasión (como lo hizo Plejánov con respecto a los acontecimientos de diciembre) únicamente en “detrimento” de sus adversarios, los proudhonistas y blanquistas que dirigían la Comuna? ¿Acaso se puso a gruñir como una preceptora: “ya decía yo, ya les advertía, y ahí tenéis vuestro romanticismo, vuestros delirios revolucionarios”? ¿Acaso Marx se dirigió a los comuneros como Plejánov a los luchadores de diciembre con su sermón de filisteo autosatisfecho: “No se debía de haber empuñado las armas”?

No. El 12 de abril de 1871 Marx escribió una carta llena de entusiasmo a Kugelmann, carta que con gran placer colgaríamos en la casa de cada socialdemócrata ruso, de cada obrero ruso que supiera leer.

Marx, que en septiembre de 1870 había calificado la insurrección de locura, en abril de 1871, al ver el carácter popular y de masas del movimiento, lo trata con la máxima atención de quien participa en los grandes acontecimientos que marcan un paso adelante en el histórico movimiento revolucionario mundial.

Esto – dice Marx – es un intento de destrozar la máquina burocrática militar, y no simplemente de entregarla a otras manos. Y canta un verdadero hosanna a los “heroicos ” obreros de París, dirigidos por proudhonistas y blanquistas. “¡Qué flexibilidad — escribió Marx –, qué iniciativa histórica y qué capacidad de sacrificio tienen estos parisienses!”. . . “La historia no conoce todavía ejemplo de heroísmo semejante”.

La iniciativa histórica de las masas es lo que más aprecia Marx. ¡Oh, si nuestros socialdemócratas rusos aprendieran de Marx a valorar la iniciativa histórica de los obreros y campesinos rusos en octubre y diciembre de 1905!

A un lado, el homenaje a la iniciativa histórica de las masas por parte del más profundo de los pensadores, que supo prever medio año antes el revés; y al otro, el rígido, pedantesco, falto de alma: “¡No se debía de haber empuñado las armas!” ¿No se hallan acaso tan distantes como la tierra del cielo?

Y en su calidad de participante en la lucha de masas, en la que intervino con todo el entusiasmo y pasión que le eran inherentes, desde su exilio en Londres, Marx emprende la tarea de criticar los pasos inmediatos de los parisienses “valientes hasta la locura” y “dispuestos a tomar el cielo por asalto “.

¡Oh, cómo se habrían mofado entonces de Marx nuestros actuales sabios “realistas” de entre los marxistas que, en 1906-1907 se mofan en Rusia del romanticismo revolucionario! ¡Cómo se habría burlado esta gente del materialista, del economista, del enemigo de las utopías que admira el “intento” de tomar el cielo por asalto! ¡Cuántas lágrimas, cuántas risas condescendientes, cuánta compasión habrían prodigado todos estos hombres enfundados respecto a las tendencias motinescas, utopistas, etc., etc., con motivo de semejante apreciación del movimiento dispuesto a asaltar el cielo!

Pero Marx no estaba penetrado de la “archisabiduría de los albures”, que temen analizar la técnica de las formas superiores de la lucha revolucionaria, y analizó precisamente estas cuestiones técnicas de la insurrección. ¿Defensiva u ofensiva?, pregunta, como si las operaciones militares se desarrollasen a las puertas de Londres. Y responde: sin falta, la ofensiva, “ se debía haber emprendido inmediatamente la ofensiva contra Versalles . . .

Esto lo escribía Marx en abril de 1871, unas semanas antes del grande y sangriento mes de mayo . . .

Los insurrectos que se lanzaron a la obra “loca” de tomar el cielo por asalto (septiembre de 1870) “debieron haber emprendido inmediatamente la ofensiva contra Versalles”.

“No se debía de haber empuñado las armas” en diciembre de 1905, para defenderse por la fuerza contra los primeros intentos de arrebatar las libertades conquistadas …

“Segundo error – continúa Marx en su crítica de carácter técnico -: el Comité Central” (es decir, la dirección militar; tomen nota, pues se trata del CC de la Guardia Nacional) “abandonó el poder demasiado pronto” . . .

Marx sabía prevenir a los dirigentes contra una prematura insurrección. Pero ante el proletariado que asaltaba el cielo, adoptaba la actitud de consejero práctico, de participante en la lucha de las masas que elevan todo el movimiento a un grado superior, a pesar de las teorías falsas y los errores de Blanqui y Proudhon.

“De cualquier manera – escribía Marx -, la insurrección de París, incluso en el caso de ser aplastada por los lobos, cerdos y viles perros de la vieja sociedad, constituye la proeza más gloriosa de nuestro Partido desde la época de la insurrección de junio”.

Y Marx, sin ocultar al proletariado ni uno solo de los errores de la Comuna, dedicó a esta proeza una obra que hasta hoy día es la mejor guía para la lucha por el “cielo”, y el espanto más temido por los “ cerdos ” liberales y radicales.

[…]

V. I. Lenin [5/2/1907]


Tomar el cielo por asalto

28 agosto 2007

karlmarx.jpg

Londres, 12 de abril de 1871

Si te fijas en el último capítulo de mi Dieciocho Brumario, verás que expongo como próxima tentativa de la revolución francesa no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente. En esto, precisamente, consiste la tentativa de nuestros heroicos camaradas de París. ¡Qué flexibilidad, qué iniciativa histórica y qué capacidad de sacrificio tienen estos parisienses! Después de seis meses de hambre y de ruina, originadas más bien por la traición interior que por el enemigo exterior, se rebelan bajo las bayonetas prusianas, ¡como si no hubiera guerra entre Francia y Alemania, como si el enemigo no se hallara a las puertas de París! ¡La historia no conocía hasta ahora semejante ejemplo de heroísmo! Si son vencidos, la culpa será, exclusivamente, de su «buen corazón». Se debía haber emprendido sin demora la ofensiva contra Versalles, en cuanto Vinoy, y tras él la parte reaccionaria de la Guardia Nacional, huyeron de París. Por escrúpulos de conciencia se dejó escapar la ocasión. No querían iniciar la guerra civil, ¡como si el mischievous avorton [dañino engendro] de Thiers no la hubiese comenzado ya cuando intentó desarmar a París! El segundo error consiste en que el Comité Central renunció demasiado pronto a sus poderes, para ceder su puesto a la Comuna. De nuevo ese escrupuloso «pundonor» llevado al colmo. De cualquier manera, la insurrección de París, incluso en el caso de ser aplastada por los lobos, los cerdos y los viles perros de la vieja sociedad, constituye la proeza más heroica de nuestro partido desde la época de la insurrección de junio. Que se compare a estos parisienses, prestos a asaltar el cielo, con los siervos del cielo del sacro Imperio romano germánico-prusiano, con sus mascaradas antediluvianas, que huelen a cuartel, a iglesia, a junkers y, sobre todo, a filisteísmo.

K. Marx, Carta a LUDWIG KUGELMANN


EL PROLETARIADO INTENTA TOMAR EL CIELO POR ASALTO

27 agosto 2007

logo_comuna.gif

Hace 130 años el proletariado de París, según Marx, intentó tomar el cielo por asalto. Se volvió insurgente contra el gobierno burgués-monárquico de Thiers y protagonizó la primera experiencia de gobierno proletario y socialista en la historia de la humanidad. A pesar de haberse constituido hace más de un siglo, la Comuna de París de 1871 continua en vigor. Su estudio y conocimiento, asociados a hechos contemporáneos, contribuyen a evidenciar las falacias del fin de la historia y de la victoria definitiva del mercado, mito hábilmente elaborado a partir de la hegemonía de la concepción liberal, identificada actualmente con la barbarie neoliberal.
Acontecimientos dramáticos anteceden y anuncian la insurrección parisiense en 1871 contra la entrega de Francia a las tropas prusianas de ocupación. La revuelta contra la sumisión del gobierno francés a las imposiciones de Bismarck, se transforman en una revolución social, de carácter proletario-popular, conocida como Comuna de París de 1871, que marca con heroísmo y sangre el periodo comprendido entre 18 de marzo, cuando una parte significativa de la población de París se niega a entregar sus armas y a rendirse ante las tropas prusianas, y el trágico final tras de la Semaine sanglant del 28 de mayo, cuando acontece la masacre de los últimos communards, en el cementerio de Pére-Lachaise.

TRADICIÓN REVOLUCIONARIA DEL PROLETARIADO

El primer ejemplo histórico de formación de un gobierno de carácter popular, proletario, se produjo en el siglo XIX, en la experiencia conocida como Comuna de París, cuando el proletariado intenta tomar el cielo por asalto. En 18 de marzo de 1871, el proletariado de París no acepta la capitulación del gobierno francés y las imposiciones prusianas, se rebela y pasa a asumir el poder y a controlar la denominada “Ciudad Luz”, reafirmando su tradición revolucionaria. ¿Pero que llevó a esa rebelión contra el gobierno recién salido de las urnas, que tras la derrota de Francia ante el ejército prusiano, negociaba las condiciones para la capitulación, para una “paz negociada”?
Sin tener en cuenta el siglo anterior de la historia francesa, se debe resaltar que la Comuna de París es, a la vez, parte y consecuencia del proceso de la revolución burguesa en Francia, la más radical y larga de todas las revoluciones burguesas, que sólo se consolidó después de transcurrido un siglo de Revolución y Contra-Revolución, cuando después de la masacre de los communards en mayo de 1871, y sin fuerza y alternativa política, la nobleza y el campesinado se adhieren formalmente a la República.
El desencadenamiento y radicalización de este proceso revolucionario tiene como fecha el 14 de julio de 1789, cuando las clases populares, hambrientas, insumisas y armadas, invaden y destruyen la Bastilla, fuerte-prisión símbolo del poder real absolutista. Este acontecimiento marcará profundamente el carácter revolucionario asumido por la lucha de clases en Francia y que significa la irrupción de las clases populares en las disputas políticas, para defender reivindicaciones sintetizadas en libertad, igualdad y fraternidad, lema que fue inicialmente propagado por la burguesía, cuando buscaba el acceso al poder político estatal, pero que, en la práctica, negado irónicamente, de forma sistemática hasta los días actuales, principalmente, a partir de la ofensiva neoliberal y de la tentativa de imposición del predominio absoluto del mercado, con los que hasta los sentimientos más nobles, los derechos sociales y la solidaridad se convierten en mercancías.
La República en Francia se vuelve una bandera del proletariado y de las facciones burguesas, principalmente de la pequeña burguesía jacobina y neo-jacobina. En el periodo posterior a la deflagración del proceso revolucionario burgués, fueron proclamadas tres repúblicas (1792, 1848 y 1870), siendo constituida la tercera a través de una alianza de clases el 4 de septiembre de 1870. Sin embargo, su contenido de clase es distinto: el proletariado ambicionaba conquistar una República social, defensora de sus derechos y reivindicaciones; los republicanos burgueses buscaban, a través de la República, establecer mecanismos “democráticos” que les posibilitase llegar al poder, aliándose o no con otras facciones de las clases propietarias. Incluso haciendo concesiones al proletariado, la República, en lo fundamental, es una forma de organización del poder estatal para asegurar el control del Estado a las clases propietarias. “La democracia para una diminuta minoría, la democracia para los ricos, tal es la democracia en la sociedad capitalista” (LENIN, 1987: 108).
La participación popular es una constante en la historia francesa. El apoyo de los sans-culottes al gobierno jacobino es decisivo para la victoria política y militar de Francia ante la reacción interna, de la coalición de los ejércitos monárquicos europeos, para consolidar las conquistas revolucionarias burguesas, que pasan a partir de aquel momento, a integrar el ideario burgués y a ejercer una significativa influencia en distintos países. En 1830, la insurrección popular es decisiva para dar fin a las tentativas de manutención y restauración del absolutismo monárquico y para la victoria de una monarquía constitucional. Con la derrota de la Restauración monárquica, en 1848, el proletariado irrumpe en la Historia de Francia con identidad política y reivindicaciones propias. Por primera vez, al formarse un gobierno de coalición provisional, los socialistas son elegidos para integrarlo como hecho inédito, cabe destacar que entre ellos se encontraba un obrero.
“Las agitaciones que afligían a Francia eran reflejo de una coyuntura socio-económica generada por los progresos del capitalismo en Europa y por la consecuente organización de los trabajadores, que ya se articulaban internacionalmente para oponerse al proceso creciente de explotación al que estaba sometida la clase obrera. El siglo XIX es prodigioso en transformaciones, pero es extremamente contradictorio en términos de conquistas revolucionarias(…) Pasada la primera mitad del siglo, la consolidación del poder de la burguesía, el capitalismo avanza rápido en la conquista de las nuevas tecnologías y formas de dominación de los trabajadores. La consecuencia de esto serán las innovaciones científicas que posibilitaron un nuevo proceso de transformaciones revolucionarias en la industria.” (CAMPOS FILHO, 1999: 6)
La Comuna de París, posibilita por primera vez, la formación de un gobierno de carácter popular y proletario. Esto ocurre en un momento histórico de afirmación de la sociedad capitalista y del proyecto civilizatorio burgués. La Comuna explicita clara e indiscutiblemente las contradicciones y el carácter clasista de esta sociedad que luchaba para consolidarse. Al mismo tiempo, explicita de forma contundente, que la conquista de la libertad, igualdad y fraternidad, banderas que movían las clases populares hacía más de un siglo, sólo sería posible con la superación de la sociedad de clases, con la destrucción de la sociedad burguesa.
La Comuna se convirtió en un ejemplo y en un símbolo, demostrando que la construcción de una nueva sociedad, fraterna e igualitaria, no es solo una necesidad, sino una posibilidad real y urgente. A partir de entonces, desde el punto de vista histórico, la burguesía, aliada o no a otras clases propietarias y dominantes, asume definitivamente el campo de la contra-revolución, exponiendo y desmantelando, de una vez, el mito brillantemente elaborado e verbalizado, de que la sociedad burguesa-capitalista constituía el coronamiento del desarrollo social y que la historia, en cuanto proceso evolutivo, llegaba a su fin.
La Comuna de París de 1871, desde entonces, pasó a ser un acontecimiento estudiado y analizado por algunos, y “olvidado” y/o minimizado por muchos, que la consideran una iniciativa insignificante, una revuelta y osadía del “populacho” que generó gran desorden en París. Los análisis, opiniones y posiciones se dividen. Inclusive, un significativo número de libros de historia, al abordar la Historia de Francia, no hacen referencia a la Comuna; algunos otros, como mucho, les dedican algunas líneas y los más “progresistas”, un párrafo o algunos parágrafos pequeños.

MISTIFICACIÓN DE LA HISTORIA

En los días actuales, se intenta formar y consolidar, entre partes significativas de la población, la opinión y la idea de que el estudio de la Historia no tiene sentido, esta preocupación se encuentra superada, es una perdida de tiempo y de esfuerzo intelectual. Se argumenta que, en este final e inicio de siglo, de anuncio del Tercero Milenio, ser actual y moderno, o incluso postmoderno, significa identificarse con el individualismo y el irracionalismo metodológicos.
Algunos “mistificadores”, propagan la idea de que la Historia no posee estatuto científico y, que al estudiarla, se debe restringir a la lectura de aspectos y comportamientos individuales y subjetivos, en fin, a hechos pintorescos. Este tipo de concepción intenta imponernos la idea de que llegamos al “fin de la Historia”, que debemos limitarnos a propagar los hechos de los grandes hombres, de reyes y miembros de la elite dominante. Irónicamente pregonan que la “barbarie” neoliberal es sinónimo de democracia, de libertad y que es el objetivo y fin último del desarrollo social de la humanidad. Afirman que no hay alternativas viables que se contrapongan al libre mercado, al “reino” de la mercancía. La lucha y la defensa del ideal igualitario es algo ya superado y arcaico, y está destinado al fracaso. Argumentan que los ejemplos son muchos: el Este Europeo, la ex-URSS, y la crisis y decadencia de las experiencias socialistas.
Por lo tanto, incluso en esta situación adversa, de sumisión por parte de la intelectualidad a este proceso mistificador, existen algunos pocos que por intentar comprender el proceso histórico, no se someten a las tentativas de imposición de la barbarie en grandes parcelas de la población mundial.
Analizando las últimas décadas de la Historia mundial es posible percibir que la implantación del ideario neoliberal, pese a su poderío y a las presiones de la burguesía norte-americana, no consigue destruir y liquidar las diferentes formaciones históricas (económica, social, política, cultural, filosófica) de los pueblos. La ofensiva neoliberal, antagónica al ideario de bien-estar y libertad, no encuentra campo fértil en un número importante de partes de la población, incluso en los países más identificados con los principios liberales, como por ejemplo, Inglaterra y los Estados Unidos.
Así, estudiar y conocer las formaciones históricas de los pueblos es de fundamental importancia, y incluida la necesidad vital de la lucha por una vida más digna. En cada experiencia histórica, por muy particular que sea, es posible detectar puntos de identidad, resumidos sintéticamente en la lucha por una sociedad justa e igualitaria.
En este sentido, el estudio de la experiencia de la Comuna de París de 1871 asume un papel de relieve, no sólo para las clases populares y para el proletariado francés, sino para todos aquellos identificados, de una forma o otra, con la construcción de una nueva sociedad más igualitaria y fraterna.

LOS ANTECEDENTES INMEDIATOS DE LA COMUNA

Los antecedentes inmediatos de la deflagración de la Comuna de París se dan a partir del 1 de septiembre de 1870 con la derrota del “invencible” Ejército imperial francés ante los prusianos, en la Batalla de Sedan, y la rendición y encarcelamiento del Emperador Napoleón III. Así, llega a su fin el II Imperio, construido a partir de 2 de diciembre de 1851, tras el golpe de Estado denominado por Marx el 18 Brumario de Luís Bonaparte.
El 4 de septiembre, las tropas prusianas inician la ocupación de Francia y marchan rumbo a París. Estando el país sin un gobierno legítimo, se crean las condiciones para que la población de París empiece una insurrección popular reivindicando la instalación de la República. Inmediatamente, a través de hábil articulación política de una alianza entre republicanos y monárquicos, se forma un Gobierno Provisional, teniendo como principal personaje el general monárquico Trochu. Organizado el Gobierno de Defensa Nacional, es, inmediatamente, presionado por las clases populares y obligado a entregar armas al proletariado y a organizar la defensa de la capital.
No se puede considerar, por tanto, que la proclamación de la República y la instalación del Gobierno Provisional sea sólo una expresión de victoria de las clases populares, pues los sectores monárquicos y conservadores ocupan la mayoría y los principales cargos del Gobierno. Según Marx: “Esa República no derribó el trono, sino que simplemente ocupó su lugar. Fue proclamada, no como una conquista social, sino como una medida de defensa nacional. Se encuentra en manos de un Gobierno Provisional compuesto, en parte, por notorios orleanistas y en parte, por republicanos burgueses, en algunos de los cuales la insurrección de junio de 1848 dejó su estigma indeleble. La división de las funciones entre los miembros de ese gobierno nada augura de bueno. Los orleanistas se apoderaron de los baluartes del ejército y de la policía, dejando a los que se proclaman republicanos los departamentos retóricos” (MARX, 1977: 178).
La actitud dudosa y las vacilaciones del Gobierno de Defensa Nacional acaba por provocar un cierto vacío político y militar, creando la necesidad y las condiciones necesarias para que la Guarda Nacional, compuesta por proletarios, pase a asumir papel destacado en la organización de la resistencia. El 19 de septiembre de 1870, las tropas prusianas cercan París y no consiguen ocuparla, pues los parisinos presentan heroica resistencia. Al día siguiente, el Gobierno Provisional inicia conversaciones sobre las condiciones prusianas para la paz. Según LISSAGARAY (1991: 46), “El Gobierno de Defensa Nacional pasa a negar-se a organizar la lucha contra las tropas prusianas. El General monárquico Trochu, jefe del Estado-Mayor, declara: “no podemos defendernos; estamos decididos a no defendernos.”. Los miembros de la izquierda republicana en el gobierno pasan a asumir posiciones dudosas: “ahora en el gobierno, ellos gesticulan con la misma capitulación, mandan Thiers mendigar la paz por toda Europa y Jules Favre, a negociar con Bismarck”. Entretanto, París no acepta esta capitulación y opta por luchar hasta el fin. Presionado por los parisinos, el gobierno es obligado a ensayar la resistencia, y el General Trochu, llega a organizar algunas escaramuzas, colocando deliberadamente a los soldados franceses en situación de desventaja frente a los enemigos.”
El 31 de octubre de 1870, una gran manifestación popular en París exige mejor organización de la resistencia, condena los entendimientos y el armisticio, reivindica elecciones y la formación y instalación de la Comuna. Esta tentativa acaba por fracasar en consecuencia de la falta de organización, de decisiones rápidas y centralizadas entre los insurrectos, por la falta de dirigentes reconocidos y respectados, y por no conseguir organizar un gobierno adecuado a las exigencias del momento. El General Trochu conseguí imponerse, captura a cerca de 60 insurgentes y pasa a la represión.
A pesar de todo, el proletariado no se inhibe y pasa a organizar la resistencia; por iniciativa popular, invaden las prisiones y libertan a los prisioneros políticos. Ante las necesidades organizativas urgentes, se inicia la organización del poder proletario, independiente del gobierno burgués-monárquico, que avanzaba en su pretensión de capitular ante de las tropas enemigas. En estos embates van surgiendo y confirmándose los líderes proletarios salidos de las clases trabajadoras.
Las clases dominantes (republicanos y monárquicos) recelosas y ante la osadía proletaria, pasan a establecer como enemigo principal no las tropas de ocupación, comandadas por Bismarck, sino al proletariado de París y de otras importantes ciudades, que demuestran no aceptar pasivamente la rendición
.
Las tropas prusianas, ante las divergencias entre el gobierno y el proletariado de París, que explícita el carácter y la forma en que se desarrolla la lucha de clases, aceptan suspender la guerra y negociar el armisticio; para esto, imponen como exigencia, la realización de elecciones para la formación de una Asamblea Nacional y un gobierno con “legitimidad” para firmar la rendición. Imponía el desarme de la Guardia Nacional, excepto de una división, y el acuerdo de los parisinos con la ocupación de dos fuertes de París por parte de las tropas prusianas. De este modo, la Contra-Revolución francesa, ahora de carácter internacional, se alia a la prusiana.
Algunos destacamentos de la Guardia Nacional, del Ejército regular y de marineros se resisten a entregar sus armas, a abandonar sus puestos y la defensa de París. En este contexto, la guerra civil, pasa de ser una posibilidad a algo real e inevitable. Sin embargo, para evitar la guerra civil y las provocaciones, los amotinados vuelven atrás, acatan los términos del armisticio y permiten la entrada de las tropas prusianas en París y la ocupación de los Campos Eliseos.

LAS ELECCIONES COMO FARSA

El pacto de capitulación, acordado con los prusianos, imponía la realización de elecciones en el plazo de 8 días. Para los franceses, era evidente que, con el armisticio y las elecciones, el gobierno, que se formara, difícilmente se decantaría por la resistencia y por la lucha contra las tropas de ocupación. Francia, antes de las elecciones, de cualquier debate y de la deliberación del nuevo gobierno aún por formar, se rendía sumiso a Bismarck, por decisión exclusiva de los sectores conservadores y reaccionarios.
Logrado el armisticio, el Gobierno de Defensa Nacional burgués-monárquico, convoca inmediatamente y bajo su total control, las elecciones a la Asamblea Nacional en el país entero. “En aquel momento, más de una tercera parte del territorio estaba en las manos del enemigo; la capital se encontraba aislada de las provincias y todas las comunicaciones estaban desorganizadas. En tales circunstancias, era imposible escoger una representación auténtica de Francia, a menos que se tuviera mucho tiempo para preparar las elecciones. Es por esto que el pacto de capitulación especificó que se debería escoger una Asamblea Nacional en el periodo de ocho días. Las noticias de realización de las elecciones no llegaron a muchos puntos de Francia hasta el día anterior. Además, según una cláusula del pacto de capitulación, la Asamblea debería ser escogida con el único objetivo de votación por la paz o por la continuación de la guerra y, eventualmente, para concluir un acuerdo de paz. La población no podría dejar de sentir que los términos del armisticio volvían imposibles la continuación de la guerra y que, para sancionar la paz impuesta por Bismarck, los peores hombres de Francia eran los más buenos”. (MARX, 1977: 186),
Estos hechos asociados al cerco de París, permiten libertad de acción y condiciones extremamente favorables para los conservadores y reaccionarios, que con la benevolencia de los prusianos, desarrollan por toda Francia, una gran campaña de calumnias contra los republicanos radicales, los socialistas y el proletariado parisino.
La Asamblea Nacional, electa de forma claramente antidemocrática, temiendo la revuelta parisiense, se reúne primero en Bordeaux y después en Versalles, eligen a Thiers , conocido monárquico legitimista, como jefe de gobierno, con atribuciones para establecer las condiciones de rendición de Francia a Prusia. Para concretar tal objetivo, tenía que reprimir y destruir la oposición y la revuelta de París.
Los parisienses, que procuraban organizar su propio gobierno, no rompen de inmediato con la Asamblea Nacional y el Gobierno en Versalles. Proponen negociar. Hacen dos reivindicaciones: la autonomía de París, con derecho a elegir sus representantes y gobernantes, y no aceptar la rendición incondicional antes de un debate nacional.
La Asamblea Nacional no acepta negociar. En actitud provocativa, transfiere formalmente, la Asamblea y el Gobierno a Versalles, suspende el pago del sueldo de la Guardia Nacional y de la ley de congelamiento y prorrogación del pago de las deudas y alquileres. Estas decisiones inocuas del gobierno versallés, permiten consolidar la unión del proletariado con la pequeña y la media burguesía parisina, y ampliar y fortalecer su disposición de resistencia.
La represalia y la intransigencia de Versalles provocan como contrapartida, el crecimiento de las ideas revolucionarias. Cada día el proletariado conquista nuevos apoyos, amplía su arsenal y fortalece la defensa de la ciudad. Thiers, intransigente y temeroso, comprende que ha llegado el momento de ocupar militarmente París, porque en pocos días, se haría imposible romper la resistencia y someter el proletariado, que se encontraba protegido por los muros, los fuertes y una topografía favorable.
En este sentido, el gobierno Thiers, considerándose representante de la contra-revolución francesa y europea, pasa a la represión y a exigir la capitulación de los parisienses y la entrega de las armas y cañones; al mismo tiempo, hace efectivos los preparativos para atacar y ocupar París. Incluso, establece negociaciones con Bismarck consiguiendo la liberación de los soldados franceses capturados en batallas anteriores.

LA INSURRECCIÓN LLEVA A LA
IMPLANTACIÓN DE LA COMUNA

El 18 de marzo, las tropas bajo las ordenes de Thiers, desencadenan la ofensiva contra-revolucionaria. Ocupan en la madrugada, las colinas de Montmartre, pero son sorprendidos por los populares, que no aceptan la retirada de los cañones. Ante el impasse y la irreductibilidad popular, el general comandante de las tropas, ordena, por dos veces, a los soldados disparar a la multitud, que no se acobardaba. Titubeando y ante del problema, los soldados se confraternizan con la población, permiten la captura y posterior fusilamiento del comandante y de otro oficial.
A partir de este acontecimiento, se rompía cualquier posibilidad de negociación con el Gobierno de Versalles. El proletariado y la Guardia Nacional ocupan París. Se inicia la organización de un nuevo gobierno, que quedó registrado con heroísmo y sangre en la historia de las luchas por una sociedad más justa e igualitaria, como la primera tentativa de gobierno proletario-popular.
“La Comuna de París, en que pese al poco tiempo que permitió a los obreros tener en sus manos el poder del Estado, por primera vez, cumplió su destino histórico. Permitió a los estudiosos del socialismo que percibieran que ningún nuevo poder se establece sin que la maquinaria estatal-burocrática que sostenía el poder anterior sea completamente destruida. Y mostró también, a pesar de todas las protestas que repercute de entre los defensores de la “democracia” burguesa, que el grado de ferocidad patrocinado por el poder burgués después de la derrota de la Comuna fuese diez veces mayor del observado en de la toma del poder por los communards. (CAMPOS FILHO, 1999: 6).
La Comuna de París de 1871 fue derrotada militarmente, aunque no política e históricamente. Es un acontecimiento que significa un viraje cualitativo en el proceso revolucionario en el mundo moderno, pues por primera vez en la historia, el proletariado mostró la posibilidad de destrucción de la sociedad burguesa, que aún se afirmaba como hegemónica, y la construcción de una nueva sociedad más igualitaria y fraterna.
“Lo que la hace cualitativamente superior es el hecho de que, por primera vez, el proletariado toma el poder y dirige la sociedad, demostrando, en la práctica, la posibilidad concreta de la existencia de una sociedad sin explotadores y explotados, creando un nuevo tipo de Estado representativo de los trabajadores
. Este Estado que se creó en la Comuna fue el embrión de aquel que surgiría después, conforme preveía Engels al escribir que “en realidad el Estado no es más que una maquinaria para la opresión de una clase a otra, tanto en la República democrática como bajo la monarquía; en el mejor de los casos, un mal que se transmite hereditariamente al proletariado triunfante en su lucha por la dominación de clase. Como lo hace la Comuna, el proletariado victorioso no puede dejar de amputar inmediatamente en la medida del posible, los aspectos más nocivos de ese mal, hasta que una futura generación, formada en circunstancias sociales nuevas y libres posa deshacerse de todo de ese viejo lastre del Estado.” (MOURA, 1991: 50)
Actualmente, cuando los medios de comunicación monopolizados y al servicio de los intereses burgueses critican a los gobiernos populares y de izquierda, acusándolos de antidemocráticos y de no respetar los derechos humanos, lo hace con el objetivo de crear un sentimiento público favorable a la “democracia liberal”, que se presenta como desvinculada de la violencia cotidiana provocada por las guerras, el hambre, la explotación de la mano de obra de millones de niños, la prostitución de millones de niñas, etc., en fin, provocada como consecuencia de la manutención de una sociedad basada en la injusticia social. Aún hoy, como hace más de un siglo, las reivindicaciones de los communards, de libertad, igualdad y fraternidad, efectivamente reales, igual que sus ideales, continúan presentes, aunque no sea en grandes manifestaciones, en las calles, en las oficinas, en las fábricas, en las universidades, en algunos partidos de izquierda, y podrán proporcionar la savia que lleva a la construcción de una nueva sociedad.

Madrid, invierno/2001.

BIBLIOGRAFÍA

BARBOSA, Walmir (1999). “O prenúncio das revoluções.” En Opção, Ano V, nº 242, Goiania, 16 a 22 de mayo. Cuaderno Opção Cultural.

CAMPOS FILHO, Romualdo Pessoa (1999): “A vítima da democracia burguesa”. En Opção, Ano V, nº 242, Goiania, 16 a 22 de mayo. Cuaderno Opção Cultural.

COSTA, Silvio (1998): Comuna de París: o proletariado toma o céu de assalto. São Paulo / Goiânia: Anita Garibaldi / Universidade Católica de Goiás.

ENGELS, F. (1977): “Introdução a Guerra civil na França”. En MARX & ENGELS: Textos. São Paulo: Alfa-Ômega.

GRAMSCI, Antônio (1978): Maquiavel, a política e o Estado moderno. 3 ed. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

HOBSBAWN, Eric J (1977). A Era do capital: 1848-1875. Trad. Luciano Costa Neto. Rio de Janeiro: Paz e Terra.

IANNI, Octávio (1988): Dialética & Capitalismo. Ensaios sobre o pensamento de Marx. Petrópolis: Vozes.

LÊNIN, V. I. (1987): O Estado e a Revolução: o que ensina o marxismo sobre o Estado e o papel do proletariado na Revolução. São Paulo: Hucitec.

__________ (1979): “A falência da II Internacional”. En LÊNIN, V. I. (1979): Obras escolhidas. 3 vol. São Paulo: Hucitec.

LESOURD, J.-A. (1975): “A França de 1848 a 1870”. En NERÉ, Jacques (1975): Historia contemporánea. São Paulo: Difel.

LISSAGARAY, Hippolyte Prosper-Olivier (1991): História da Comuna de 1871. São Paulo: Ensaio.

MARX, KARL (1975): “O 18 Brumário de Luís Bonaparte”. En Marx. 2. ed. São Paulo: Abril Cultural. (Col. Os Pensadores).

__________ (1987): A Burguesia e a contra-revolução. São Paulo: Ensaio.

__________ (1977): “A guerra civil na França”. En MARX, K.; ENGELS, F.: Textos. 3 v. São Paulo: Alfa-Omega.

MARX, K.; ENGELS, F (1978): O Manifesto Comunista. 2. ed. Prefácio e introdução Harold Laski. Rio de Janeiro: Zahar.

MOURA, Clovis (1991): “París, 1871: Revolução e Contra-Revolução”. En Principios, nº 21. São Paulo: Anita Garibaldi, mayo-julio.

MTCHEDLOV, M. (et. al.) (1984): Dialética da Revolução e da contra-revolução. Lisboa: Edições Avante!.

NERÉ, JACQUES (et. al.) (1975): História Contemporânea. São Paulo: Difel.

POULANTZAS, Nicos (1977): Poder político e classes sociais. São Paulo: Martins Fontes.

RUY, José Carlos (1991): “O socialismo está morto. Viva o socialismo!”. En Principios, nº 21. São Paulo: Anita Garibaldi, mayo-julio.

SAES, Décio (1994): Estado e Democracia: ensaios teóricos. Campinas: IFCH/Unicamp. (Col. Trajetória 1)

TODD, Allan (2000): Las revoluciones. 1789-1917. Madrid: Alianza.
__________
(*) . Autorizada la reproducción (impresión y publicación) integral o de cualquier ensayo. En caso de publicación, se solicita la gentileza de comunicárselo al autor y de enviarle copia. Contactos por E-mail: silviocostabrasil@hotmail.com o silvio.costa@terra.com.br
(**) . Profesor de Sociología y Ciencias Políticas en la Universidad Católica de Goiás (Brasil). Doctorando en la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de Tendências e Centrais Sindicais: o movimento sindical brasileiro de 1978 a 1994 (1995); Comuna de París: o proletariado toma o céu de assalto (1998), y Revolução e Contra-Revolução na França (1999), publicados en Brasil, por las Editoriales de la Universidad Católica de Goiás (Goiânia) y Anita Garibaldi (São Paulo). Es organizador de: Estado e poder político: do realismo político à radicalidade da soberania popular (1998. Editorial de la Universidad Católica de Goiás) y Concepções e formação do Estado brasileiro (1999. Editorial Anita Garibaldi). E-mail: silviocostabrasil@hotmail.com

SILVIO COSTA**


Las Mujeres al Asalto del Cielo

27 agosto 2007

En el curso de los últimos decenios, la emancipación femenina ha conocido algunos avances. Pero estamos muy lejos de la verdad, sobre todo en los países del Sur.

Ocho años después de la Conferencia internacional de las mujeres de Pekín de 1995, dos años y medio después de la sesión especial de la Asamblea general de las Naciones Unidas sobre la puesta en marcha del plan de acción de esta conferencia, las razones para alegrarse son bien escasas. Se han registrado algunos avances, como las medidas para asegurar la igualdad política y la participación de las mujeres en las decisiones, o en las reformas de las disposiciones discriminatorias en los códigos civiles o penales.

Pero, además del hecho de que estos avances siguen siendo desiguales y ampliamente limitados al estado de buenas intenciones, también han ido acompañados de una creciente marginalización económica de la mayoría de las mujeres y de la persistencia de la violencia con respecto a ellas. En numerosos casos, el principio de igualdad cívica, la idea de la paridad han hecho su camino. Diversos Estados han emprendido o bien reformas legales y eliminado ciertas medidas discriminatorias en el código de la familia o penal, o bien empezado un debate sobre estas reformas.

Que el terreno de la igualdad se haya convertido en objeto de una mayor atención y de medidas positivas no es en sí nada sorprendente. Esto refleja la evolución general que ha caracterizado el respeto por los derechos humanos después del fin de la segunda guerra mundial. Y en particular, el interés privilegiado admitido en los derechos políticos y cívicos en detrimento de otros derechos, económicos, sociales o culturales. Sin embargo, en este desequilibrio, las mujeres han sacado, progresivamente y casi en todas partes, el derecho de voto y el de ser reconocidas en los textos como ciudadanas de pleno derecho.

Pero, al igual que las minorías étnicas o religiosas por ejemplo, ellas no se hubieran beneficiado tanto de esta evolución si no hubiera habido otros cambios, en particular el hecho de tener en cuenta diferencias en la definición y la puesta en marcha de los derechos políticos y cívicos. En el curso de esta segunda etapa, que debe mucho al movimiento de los derechos cívicos de los Estados Unidos y al de los intocables en la India, los movimientos sociales y ciertos gobiernos se han concentrado en el impacto que el “género” o la pertenencia étnica puede tener sobre la capacidad de las ciudadanas y los ciudadanos de gozar realmente de sus derechos y de participar en la vida democrática. Tal como lo explica el filósofo Jürgen Habermas, “ los derechos pueden dar a las mujeres el poder de forjar sus vidas únicamente si estos les permiten también una participación igual en la autodeterminación cívica, porque sólo las mismas mujeres pueden decidir aspectos pertinentes que definen la igualdad y la desigualdad en un ámbito dado ”.

Los principios de igualdad política y cívica nacidos de este paso están fundados en la idea de participación sin discriminación, pero también en la de una representación igual o paritaria. Paralelamente, o en consecuencia, la igualdad en este ámbito ya no ha sido considerada como el resultado mecánico o una función de la igualdad económica, sino como un lugar casi autónomo de reivindicaciones y una necesidad en sí. A este cambio de actitud de numerosas organizaciones de mujeres se ha añadido un cálculo pragmático: lo político y lo jurídico ofrecen más posibilidades de reformas que la economía. Sin embargo, incluso en este sector, el balance global está lejos de ser positivo. La lectura de los informes de Amnistía Internacional confirma la persistencia de las violaciones de los derechos políticos y cívicos de las mujeres como de los hombres, o las que sufren específicamente las mujeres.

Por otra parte, a pesar de la importancia atribuida a la igualdad política y al funcionamiento democrático, a pesar del trabajo continuo de los grupos de mujeres para hacer que esta igualdad se conjugue también en lo femenino, la participación y la representación de las mujeres en el seno de las instancias de poder siguen siendo débiles. Así, al 42,7% de mujeres en el seno del parlamento sueco y al 30% en Mozambique y en África, se opone el 18% del Reino Unido, el 12% en Francia, y el 8,7% en Grecia…

Las razones de este estado de hecho varían, claro está, de un lugar a otro. El informe de síntesis de las Naciones Unidas y numerosos informes gubernamentales desarrollados en el cuadro de la conferencia “Pekín más cinco” acentúan la persistencia de una ideología patriarcal, caracterizando, entre otros, la división del trabajo doméstico: la igualdad estaría parada porque las mujeres tienen hijos, los educan y cocinan… Uno se pregunta si los países escandinavos están al borde de una extinción demográfica… Uno también se pregunta si en la mayoría de países existe una voluntad política real para superar estos obstáculos y para asegurar tanto en los textos como en los hechos el principio de igualdad política y cívica.

Podemos citar, entre tantos otros ejemplos, el del gobierno americano que no siempre a ratificado la Convención contra toda forma de discriminación con respecto a las mujeres, y el del Parlamento kuwaití que ha rechazado acordar el derecho de voto a las mujeres. Esta igualdad también ha sido ridiculizada en Jordania, cuando el Parlamento ha votado por segunda vez contra una enmienda del artículo 340 del código penal que reduce la pena impuesta a un homicida acusado de un “crimen de honor”. Paralelamente, y en el ámbito económico y social, el informe de las Naciones Unidas ha establecido que la globalización (entendida como desregulación y liberalización de los mercados financieros y del trabajo) ha acentuado las desigualdades a escala nacional e internacional: “ Crecientes desigualdades en las situaciones económicas entre y en el interior de los países, añadidas a una dependencia económica progresiva de los Estados con relación a factores exteriores han obstaculizado su capacidad de asegurar una protección social y la puesta en marcha del programa de acción; la creciente feminización de la pobreza mina los esfuerzos por asegurar una mayor igualdad entre los sexos .”

Así, la globalización ha tenido un impacto negativo sobre las funciones reproductivas de las mujeres, provocado en gran parte por la disminución de los presupuestos nacionales atribuidos a la salud y/o por la privatización de los servicios médicos. Ésta también se ha traducido en varios ámbitos, sobre todo en los sectores de mano de obra femenina, por una disminución de los costes salariales y de la seguridad social. Según cifras de la Confederación internacional de los sindicados libres (CISL), durante la crisis asiática de 1998, el 80% de los dos millones de personas que perdieron su empleo en Tailandia fueron mujeres. El informe provisional de las Naciones Unidas también deja entrever que las prácticas ligadas a la globalización se han apoyado en una ideología patriarcal que existía anteriormente pero que la globalización ha sabido integrar, si no la ha reforzado.

Así, tres de los fenómenos ligados a la globalización – la multiplicación de los “ sweat shops ” (talleres de subcontratación), empleos a tiempo parcial y las más precarias formas de trabajo – afectan ante todo a las mujeres, sobre todo a las del Sur e inmigradas: la globalización ha sabido incorporar y utilizar una división del trabajo y un sistema de valores que se basa, entre otros, en la devaluación de las funciones ocupadas por las mujeres.

Los informes nacionales y el informe de síntesis atribuyen el fracaso de los gobiernos en la puesta en marcha del programa de acción de Pekín a su incapacidad, resultante de la misma globalización. Desde luego, no se puede ignorar la influencia del contexto socio-económico global cuyo dominio escapa con frecuencia a los Estados a los que incumbe precisamente la tarea de hacer aplicar los derechos humanos, en general, económicos y sociales, en particular.

Pero también es necesario subrayar que el fracaso de los gobiernos en este ámbito no es nuevo y que los factores políticos, en primer lugar la guerra fría y la polarización ideológica, los han confinado durante largo tiempo a la marginalización. Nada sería, por lo tanto, más desmovilizador que subordinar el respeto de los derechos humanos de las mujeres (como de los hombres) al fin o a la auto-destrucción de la globalización. La historia de la humanidad demuestra que no existen circunstancias político-económicas perfectas para su realización. Desde ahora hay iniciativas posibles, que pueden articularse alrededor de dos grandes polos: la reafirmación de las obligaciones internacionales de los Estados y de su rol político; una mejor definición y conocimiento de las responsabilidades y obligaciones de los contribuyentes privados de servicios ejerciendo actividades con fines lucrativos y no lucrativos; y en particular, la elaboración detallada de las obligaciones internacionales de las grandes sociedades y de las instituciones financieras internacionales en materia de derechos humanos.

El segundo polo es objeto de una creciente pero reciente atención. Se trata en primer lugar de conocer mejor las incidencias de la progresiva participación de los actores del sector privado en la puesta en marcha de los derechos de las mujeres y chicas jóvenes, y de reconocer que los actores, bien se trate de empresas o de organizaciones no gubernamentales, tienen responsabilidades.

Así el Comité de los derechos económicos, sociales y culturales menciona específicamente las responsabilidades del sector privado, señalando en particular, en el parágrafo 42, que “ sólo los Estados pueden integrar el Pacto y por lo tanto asumir a fin de cuentas la responsabilidad de respetarlo, pero todos los miembros de la sociedad – los particulares (de los cuales los profesionales de la salud), las familias, las comunidades locales, las organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales, las organizaciones representativas de la sociedad civil y el sector de las empresas privadas – tienen una parte de responsabilidad en la realización del derecho a la salud ”.

Definir mejor estas responsabilidades se revela particularmente urgente en el momento que estos actores ejercen sus actividades en países extranjeros o en países en que las estructuras estatales son inexistentes o están en crisis.

Las agencias humanitarias, en particular, tienen plena conciencia del reto. Éstas han buscado, a lo largo de los años, poner en marcha códigos de conducta y mecanismos para incrementar la responsabilidad y la eficacia de las intervenciones directas de los individuos y comunidades afectadas por conflictos y otras catástrofes. Todavía queda mucho por hacer para reforzar los mecanismos de supervisión y control. Así, el 27 de febrero de 2002, se publicó un informe que descubría la explotación y la violencia sexual contra las jóvenes en Liberia, en Guinea y en Sierra Leone. Empleados de ONGs y de agencias de las Naciones Unidas habrían abusado regularmente de las jóvenes menores de 18 años, utilizando como medio de presión los bienes y servicios humanitarios destinados a la asistencia de los refugiados.

En lo referente a las grandes sociedades, no sólo se trata de reforzar las prácticas existentes y todavía muy insuficientes de auto-regulación, sino de conseguir que las multinacionales y las instituciones financieras tengan obligaciones legales y que puedan ser responsabilizadas de las violaciones que acompañan sus actividades económicas o financieras. Éstas deben sobre todo asegurarse de que las políticas o las actividades que pongan en marcha no violen (directa o indirectamente) los derechos humanos.

Por otra parte, y a pesar del discurso hegemónico internacional, hay que defender la acción política de los gobiernos. Si la globalización puede explicar ciertos aspectos de la evolución de la situación de las mujeres en el mundo, en particular en los países menos desarrollados, no explica todo, y seguramente no la dimisión política de ciertos gobiernos, sobre todo en el ámbito de la lucha contra la discriminación. Ésta no explica, por ejemplo, la ausencia de ratificación universal de la Convención contra toda forma de discriminación con respecto a las mujeres y de su protocolo adicional, que permitirá a las mujeres y a las organizaciones no gubernamentales denunciar a un Estado que viole sus obligaciones definidas por la Convención. Ésta no explica por qué sólo ciertos Estados han legislado contra las medidas o prácticas discriminatorias concernientes al derecho de las mujeres a la propiedad, al acceso a la tierra, o al crédito. Ésta tampoco explica por qué la zanja que separa el salario de una mujer escandinava de un hombre alcanza el 17%, siendo el doble en el Reino Unido.

Un análisis de los informes acordados en el marco de la conferencia de balance de Pekín descubre un margen de maniobra política, incluso en ámbitos tan sometidos a las influencias exteriores como el mercado y la protección laboral, y un espacio de acciones políticas que los Estados eligen o no de utilizar. En numerosos casos, no ha habido otra cosa que una abdicación por parte de los Estados de sus responsabilidades. Esta dimisión es flagrante en el ámbito de la violencia.

El derecho de las mujeres a la vida y a la integridad física ha sido liquidado en aras de los temas “importantes” que preocupan a los gobiernos. Ninguna otra violación o injusticia ha sido objeto de tan poca atención y acción. Y un silencio ensordecedor envuelve los miedos y dolores de las mujeres y jóvenes violentadas. Amnistía Internacional aporta cotidianamente pruebas de esta violencia, bien sea en prisión, durante les conflictos armados, en el marco del tráfico de seres humanos o en el seno de la familia o de la comunidad.

Se han registrado algunos “avances” a lo largo de estos últimos cinco años. Se han reformado códigos penales para reprimir más duramente la violencia llevada a cabo por los cónyuges, el proxenetismo, el tráfico de mujeres. Se han lanzado campañas internacionales de sensibilización contra las mutilaciones genitales. Los textos y la jurisprudencia en materia de derechos humanos han evolucionado. El Tribunal penal internacional para la ex-Yugoslavia y Rwanda han emitido actas de acusación basadas en la designación de la violación como una tortura y un elemento constitutivo de una política de genocidio. Gracias al trabajo sostenido del Gender Caucus, el estatuto de la Corte penal internacional, adoptado en Roma en julio de 1998, ha integrado la violencia sexual y en primer lugar la violación en la definición de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

Pero estos cambios, por muy necesarios y positivos que sean, no bastan para responder a las cuestiones cruciales puestas, a escala planetaria, sobre la utilización de la violencia sexual como arma de guerra, sobre las brutalidades cotidianas cuyas víctimas son las mujeres, sobre la impunidad de los culpables. La ausencia de campaña de sensibilización sobre la violencia conyugal es como mínimo inquietante. En el Viejo Continente, la petición del Parlamento europeo de declarar un “año europeo contra la violencia hacia las mujeres” no ha sido conseguida, mientras que a la campaña de sensibilización del público a la violencia doméstica, singularmente, le faltó impacto. Por otra parte, la comunidad internacional rechaza en todo momento reconocer la persecución “sexo-específica” como una base legítima para la determinación del estatuto de refugiados, excepto en raras ocasiones.

La persistencia de estas barbaries va acompañada (o se explica) en numerosos casos de una especie de fatalismo o de tolerancia. Así como la división del trabajo entre los sexos es percibida como “natural”, las violencias ligadas al sexo son descritas o percibidas como un estado de hecho inmutable, refractario a todo cambio profundo y que no compromete la responsabilidad internacional de los Estados. No hay nada de eso.

Las obligaciones internacionales de los Estados están fundadas, entre otras cosas, sobre el reconocimiento de que éstas pueden ser consideradas responsables de los abusos que se producen en el ámbito privado. El derecho internacional ligado a los derechos humanos nació en el siglo XIX con los tratados referentes a la trata de esclavos y por lo tanto poniendo la mira en los “particulares”, los Estados suscritos a la obligación de prohibir ciertas de sus artimañas – en este caso, el hecho de poseer esclavos y participar en la trata de esclavos.

Los Estados no sólo deben respetar los derechos de las mujeres, sino también protegerlas y asegurar que todas ellas se puedan beneficiar de sus derechos. Esto necesita diversos tipos de intervenciones, incluidas, pero no exclusivamente, la prevención de los abusos, la protección y el apoyo a las víctimas (apoyo legal, moral, financiero, médico necesario, y en los casos más duros, una protección cercana), la realización sistemática de encuestas sobre los abusos, la persecución de los presuntos autores, juzgar y castigar, y acordar compensaciones financieras con las víctimas, y un acceso a los servicios y a las curas requeridas. Esto requiere la implicación de numerosas instituciones (policía, justicia, sanidad, educación) y medios de comunicación, una reforma del código penal y una formación “ sexo-específica ” para los servicios de policía – en algunas regiones francesas muy urbanizadas, la violencia conyugal representa más de la mitad de las llamadas de urgencia – o para los de la justicia.

Nada puede justificar la persistencia de las discriminaciones y de las brutalidades realizadas contra las mujeres, y la abdicación de las responsabilidades de los Estados no puede ser tolerada. Combatir el sistema de opresión, de discriminación y de persecución basado en el sexo cuesta dinero. Pero esto exige ante todo una voluntad, y ésta parece faltar mucho más que los presupuestos.

Después de varios decenios de investigación en este ámbito, los gobiernos no pueden contentarse con justificaciones. ¿Las mujeres están prácticamente ausentes en los parlamentos, en las reuniones interministeriales, en las conversaciones sobre la paz, en las mesas redondas de reconstrucción? Ah, es porque sus ocupaciones familiares y domésticas las han retenido… Pero entonces ¿dónde han estado los gobernantes los últimos cincuenta años para, de pronto, descubrir que las funciones productivas de las mujeres deben ser tenidas en cuenta? ¿O para preguntarse todavía sobre las causas profundas de la violencia ejercida sobre la mujer? ¿Pasaremos el siglo XXI repitiendo lo que nuestros “ancestros” del siglo XX (y otros muchos antes) ya habían demostrado?

(*) Agnes Callamard es Directora del Humanitarian Accountability Project, Ginebra

Extraído del suplemento bimestral “Manières de Voir” – “Femmes Rebelles” (abril-mayo 2003) de LE MONDE diplomatique


Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor

26 agosto 2007

11 septiembre 1973

bombardeo5.jpg

chile_allende_lamoneda.jpg

Chico Lagos